rafael gomez font en el dentista

Entrevista al Dr. Rafael Gómez-Font en la Revista El Dentista Siglo XXI

La prestigiosa revista odontológica «El Dentista del Siglo XXI» entrevista a nuestro Doctor Rafael Gómez – Font

Entrevista:

AFRICA EN EL CORAZÓN

PREGUNTA.- ¿Cómo se te ocurrió ir a África?

RESPUESTA.- La verdad es que fue de casualidad. De forma casual conocí a la persona más maravillosa y desinteresada que he conocido en mi vida, el Dr. Gabriel Navarro Soto, y me contagio su entusiasmo para ir a África a ayudar con nuestro trabajo de dentistas y con muy pocos medios.
Ahora bien, mi queridísimo amigo Gabriel, que en paz descanse, no sé lo que trabajaría
en Barcelona, pero sí sé que su corazón y su cabeza se pasaban el año entero planificando la labor que íbamos a desarrollar la semana de trabajo de Semana Santa en África. Todos los días le daba vueltas a la cabeza para pedir medicación, gasas, guantes, anestesia, ….etc.

P.- ¿Se puede ir a África de un día para otro al tomar la decisión?

R.- Bueno, no exactamente. Necesitas una serie de vacunas y conocer ciertos protocolos que
dependen del país y de los que te informa perfectamente la Oficina del viajero en la Seguridad Social, que aquí en Madrid está en el Hospital Carlos III.
Por otra parte, no debes ir por tu cuenta, sino con alguna organización tipo ONG, que conozcan el terreno y que se encarguen de difundir la asistencia que se va a dar a los acientes, puesto que es difícil que llegue con facilidad la información en esas poblaciones
poco favorecidas.

entrevista El Dentista en portada

P.- Dices que ibais una semana, en Semana Santa. ¿No parece poco tiempo?

R.- Sí, a mí me pareció lo mismo cuando fui por primera vez a Burkina Faso. Pensé que una
semana era poco tiempo, pero una vez allí, me di cuenta que más de una semana, trabajando
a tope como trabajamos, es duro de aguantar. Temperaturas de más de 45ºC, desde primera
hora de la mañana hasta ultima de la tarde, puedo asegurar que
no lo aguanta todo el mundo. Había voluntarios que se encargaban de ir pasando por los sillones para recordarnos y/o hacernos beber agua embotellada, ya que cuando estás centrado en que cada vez hay más pacientes, con el calor te deshidratas sin darte cuenta,
hasta que empiezas a notar cierto mareo o calambres.

P.- ¿Bebíais agua embotellada solamente?

R.- Sí, porque las recomendaciones para ese país eran muy claras. El agua está contaminada biológicamente y químicamente, por lo que no recomiendan beberla ni lavarse los dientes con ese agua. Incluso nos referían que en la ducha cerráramos fuertemente los ojos y evitáramos que entrara agua por la nariz y la boca.

“Todos nos pedían por favor que les atendiéramos, pero ya no podíamos seguir trabajando más y eso te produce una enorme congoja, puesto que tu querrías hacerlo”

P.- Respecto a la alimentación, ¿cómo os adaptasteis a la comida de allí?

R.- Lo que se refiere al tipo de alimentación también nos recomendaban evitar las verduras crudas y las frutas. El pescado también estaba prohibido, sobre todo crudo. La carne tenía que ser de confianza y manipulada en condiciones sanitarias que nosotros consideramos habituales, pero que no siempre se cumple en algunos países. Dos ejemplos: lo primero
es que en los puestos de carne que había por las calles veíamos una cantidad de moscas increíble. Por otro lado, la carne que en Burkina se considera un manjar y con la que te agasajan, gastándose lo que no tienen, para agradecer tu ayuda, es la carne de perro.
Sí, sí, de perro. Por la calle no se veían perros. Solo algún cachorrillo, que te daba mucha pena. Ellos guisan esa carne en trocitos pequeños y muy condimentada, lo que les resulta un manjar extraordinario. Con estos ejemplos queda claro que la carne tiene que ser de confianza y conocer su procedencia sanitaria. Lo de la comida, lo teníamos cubierto
por la ONG que nos instalaba en un centro donde dormíamos y cocinaban la cena expresamente para nosotros. El desayuno lo hacíamos a base de cola-cao, café y
té, con leche condensada y bocadillos con mermelada con mantequilla.
La comida nos la hacíamos nosotros a base de bocadillos hechos con pan de allí y con embutidos traídos por todos nosotros y solamente comíamos la cena que nos preparaban expresamente para nosotros.

 

rafael gomez font en africa 2

P.- ¿Y cuándo comíais?

R.- La comida la hacíamos sobre la marcha al lado del sillón. Nos tomábamos el bocadillo que
nos había preparado el equipo que le tocaba cada día prepararlos, mientras el resto estábamos desayunando. Muchas veces no nos tomábamos este bocadillo porque se lo dábamos a algún niño o paciente, con la excusa de que no teníamos tiempo de tomarlo,
cosa que era verdad en un gran número de veces. Era increíble la cara que se le ponía al niño
cuando veía que le dabas un bocadillo inmenso. Lo primero que hacían era darle un mordisco lleno de satisfacción y después se iban a buscar a sus hermanos con los que lo compartían. Cuando el bocadillo se lo dábamos a alguna madre que veíamos que estaba bastante desfallecida, era curioso, inmediatamente los repartía entre sus hijos y ella no comía.
Era frecuente ver pacientes que llevaban una bolsa negra de plástico con una bola dentro a la que le daban un pequeño mordisco de vez en cuando. La bola estaba hecha de arroz con semillas. Esa bola era toda la comida que tenían, hasta que pudieran tener otra, pero lo
malo es que no sabían si iban a tener otra. Me conmovió mucho el hecho de que nos dimos cuenta que muchos de ellos pasaban hambre de forma habitual.
En la cola de pacientes para esperar su turno, bajo el sol, había lipotimias y conseguimos toldos para evitar insolaciones, aunque la mayoría de lipotimias eran por hipoglucemia y no por el sol. Empezamos a llevar todos los días un saco de 50 kg de arroz para pudieran
comer mientras esperaban.
Fue curioso, no volvimos a tener lipotimias. Ellos mismos consiguieron una grandísima cazuela, unos aportaban especias, otros algunos ingredientes, semillas, etc. El resultado era un plato de arroz para todo el que quisiera.

“Después de las clases directamente cenábamos y para descansar nos íbamos a un chiringuito cercano a tomar una cerveza muy fría”

Gabriel Navarro y Rafael Gómez-Font

P.- ¿Ya no tuvisteis que dar vuestro bocadillo?

R.- Los niños se comían el arroz, el bocadillo y todo lo que pillaran
Los adultos se cortaban un poco más, pero no le hacían ningún asco al bocadillo. Las mujeres en general, lo solían guardar. Supongo que para dárselo a otros familiares que tendrían en casa, algún otro hijo que no estaba presente.

P.- ¿Y en una semana os daba tiempo de atender a muchos pacientes?

R.- Pues la verdad es que no todos los que hubiéramos deseado atender, porque cuando las poblaciones se enteraban que llegábamos, se hacían unas colas enormes, que nunca se acababan. Llegaban pacientes andando desde poblaciones de más de 20 Km de distancia y nada más empezar por la mañana, ya había pacientes haciendo la cola para que los
atendiéramos.
El problema era siempre el últi último día de trabajo, porque la misma cola que había por la mañana, seguía con igual o más gente a última hora cuando ya no había luz natural y teníamos que dejar de trabajar. Todos nos pedían por favor que les atendiéramos, pero ya no
podíamos seguir trabajando y eso te produce una enorme congoja, puesto que tu querrías atenderlo, pero era materialmente imposible puesto que el viaje de regreso está programado de forma ajustada y no puedes perder el avión.
Calculamos que entre los cinco cooperantes dentistas atendimos a unos 1.200 pacientes durante los cinco días de trabajo, lo que equivale a unos 48 pacientes diarios por dentista, que sería más o menos unos 9 minutos de media por paciente. Eso sí, no hacíamos habitualmente una sola extracción por paciente. Procurábamos hacer todas las extracciones que fueran posibles, puesto que sabíamos que ya no iban a tener otro dentista a su alcance hasta Dios sabe cuándo.
De todos modos, el trabajo más duro era el que hacían los cooperantes que se encargaban de la desinfección y esterilización del instrumental. Teníamos 5 autoclaves que no paraban de funcionar de forma alterna, metidos todos en una habitación con el generador de agua destilada y con las cubas de desinfección que estaban continuamente cambiándose. Puedo
asegurar que era un infierno esa habitación y de hecho una de las auxiliares tuvo problemas de edemas y descompensación hidroelectrolítica.
El lugar de trabajo era la escuela de los niños, que nos la habían prestado, quitando todas las
mesas y sillas que pudieran tener, para que pudiéramos instalar los sillones. Era un edificio de planta baja, con ventanas sin cierre, solo un gradén de metal para evitar robos.
No había puertas que cerraran las habitaciones. Tampoco había falso techo, es decir, el techo era una chapa, que se calentaba bastante y con todo abierto para que corriera algo de aire, aunque fuera aire caliente.

P.- ¿Qué hacías cuando terminabais el trabajo?

R.- Cuando ya anochecía en Yagma, población donde trabajábamos, regresábamos al centro donde dormíamos que estaba en Ouagadougou, a unos 20 Km.
Al llegar al centro, nos estaban esperando unos estudiantes de medicina de allí, que había localizado la ONG y que querían aprender lo básico de odontología para poder seguir haciendo lo que nosotros hacíamos durante esta semana.
La idea de la ONG era muy buena: enseñemos a pescar, mejor que dar solo de comer. Pues cuando llegábamos al centro de Ouagadougou, les dábamos clases básicas de odontología a los estudiantes de Medicina. Les enseñamos algo de anatomía dentaria y nerviosa para poder anestesiar. Les enseñamos el instrumental de exodoncia y su manejo. Les enseñamos el diagnóstico y tratamiento de las infecciones de las encías y los dientes.
Les enseñamos las técnicas para exodoncias complicadas y su terminación con cirugía básica. Eran unos chicos extraordinarios, que aprendían rápidamente, porque al día siguiente lo empezaban a practicar sobre pacientes cuando lo considerábamos oportuno. Aprendieron
a manejar los botadores, los fórceps, a dar puntos de sutura, a prescribir tratamientos antibióticos, etc. Para ello, les dejamos los sillones donados a la ONG, abundante
instrumental de exodoncia, instrumental de sutura y grandes cantidades de antibióticos, analgésicos y antiinflamatorios conseguidos por Gabriel y todo lo necesario para poder seguir haciendo lo que les enseñamos, sin embargo no les dejaron usarlo porque las autoridades
consideraron que no habían terminado la carrera de Medicina.
Cuando terminaron la carrera de medicina, tampoco les dejaron porque no eran dentistas. Incomprensible, pero cierto.

P.- Entonces ¿cuándo cenabas?

R.- Bueno desde las 6:30 y las 7:00 que llegábamos al centro hasta las 8:30 que se cenaba, era tiempo de ducha y de descanso para los cooperantes, pero Gabriel y yo les dábamos clases a los estudiantes, así que después de las clases directamente cenábamos y para descansar, todos los días nos íbamos a un chiringuito cercano a tomar una cerveza muy fría. Las cervezas de Burkina son de 660 ml y te las traen sin abrir para que compruebes si la temperatura es adecuada. Con los 40ºC, nos iban sacando botellas que se ponían blancas por fuera. Esa era nuestra temperatura para la cerveza.
Gracias a esto, nuestra diuresis era la más adecuada. Terminada la cerveza, a la ducha y a la cama.

“Es injusto que haya seres humanos privados de necesidades tan básicas. Creo que sería bueno que todo el mundo pudiera ver esos lugares”

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P.- ¿Qué es lo que más te impresionó negativamente?

R.- Me impresionó muchísimo la inmensa pobreza de la población de Yagma. No me extraña que Burkina Faso sea uno de los países más pobres del mundo, sino es el más pobre del mundo.
Cuando llegas a Ouagadougou o a Yagma, lo primero que ves es un terreno llano, seco, con pequeñas matas aisladas de hierba seca, lleno todo de trozos de plástico negro fino moviéndose por el aire, pegados a los matorrales o sueltos.
Este paisaje desolador es impresionante.
También me impresionó la falta de comida habitual en las familias.
Suelo acordarme mucho cuando mando una prescripción medicamentosa a un paciente, de
lo que me impresionó en Yagma la respuesta del interprete cuando yo mandaba un antibiótico a los pacientes de allí. Me parecía muy escueto lo que le decía al paciente cuando yo le recomendaba tomar el antibiótico después de desayunar, después de comer y después de cenar (3 veces al día). Le insistí varias veces en que debía decirles todo lo que yo decía para que se lo tomaran adecuadamente. Acabó diciéndome que los pacientes no tenían la posibilidad de desayunar, comer y cenar en el mismo día. Es por ello que les decíamos que se tomaran las pastillas al amanecer, la medio día y cuando anochece.
Otra cosa que me impresionó fue la cantidad de niños con ojos tristones, que no tienen la alegría vital de los demás niños, debido a las secuelas de enfermedades o que están enfermos de algo.
Hay una mortalidad infantil inmensa.
Nos decía el “Pater”, el sacerdote evangelista que llevaba varias escuelas de niños por poblaciones colindantes de Yagma, que solo tres de cada diez niños llega a adulto. Muchos por mortalidad perinatal e infantil, otros por paludismo cerebral (que puede dejarles lesiones neurológicas irreversibles), otros por parásitos intestinales, otros por accidentes
en la infancia, etc.

P.- ¿Qué es lo que más te impresionó positivamente?

R.- Me impresionó la alegría vital de los niños, a pesar de las grandes necesidades que tienen.
Sí es cierto que tampoco conocen otras cosas materiales. Son felices con cualquier cosa. Recuerdo a un chiquitín que apenas andaba, quien llevaba una cuerda con una lata de sardinas atada al final de la misma. Le veía feliz porque la lata sonaba al chocar con las piedras del terreno. Se quedó preocupado cuando se metió dentro de la tienda americana de campaña que teníamos, con suelo de plástico y dejo de sonar la lata. Estaba a punto de dejar su lata y su cuerda, cuando lo llevé fuera del suelo de plástico y vio que volvía a sonar su mejor juguete.
Su cara volvió a iluminarse, como si le hubieran arreglado su juguete preferido.
Me llamó la atención el hecho de que era muy frecuente que los hermanos mayores se encargan de los más pequeños y sobre todo si el pequeño tiene alguna deficiencia.
Estoy hablando de hermanos mayores que no son más que niños de 6, 7 u 8 años de edad que cuidan a sus hermanos. No solo niñas que es lo más frecuente, también niños. Los niños pequeños intentaban jugar con los demás y eran sus hermanos mayores los que les ayudaban a superar sus dificultades y les defendían de los niños más mayores.

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P.- ¿Qué conclusión te dejó la experiencia?

R.- Bueno no sé si es una conclusión, pero viendo las inmensas necesidades de estas poblaciones, que no tienen nada de nada, deberíamos ser conscientes de la suerte que tenemos nosotros y que no es justo que nos quejemos por cualquier contrariedad que tengamos en la vida. Es más, es injusto que haya seres humanos privados de necesidades tan básicas como las de ellos. Creo que sería bueno que todo el mundo pudiera ver esos
lugares, de los que todos hemos oído hablar, pero hasta que no lo vemos directamente con nuestros ojos, no somos conscientes de lo que son en realidad.
Viendo el resultado de este viaje, creo que lo que he podido hacer con mi trabajo, no es más que un granito de arena en un inmenso desierto de necesidades. Te sientes impotente frente a tanta necesidad.
No obstante también creo que granito a granito se pueden conseguir muchas cosas. Cada uno podemos aportar nuestro granito, aunque no sea de forma directa como he hecho. Hay muchas formas de ayudar. Yo prefiero la ayuda directa, pero no todo el mundo puede.
Es cuestión de echarle imaginación y querer hacerlo. Podemos ayudar de forma directa en nuestra propia ciudad, porque estas necesidades también las tenemos a nuestro lado
sin darnos cuenta. Mas en estos momentos.

P.- ¿Repetirías la experiencia?

R.- No solo la repetiría, sino que la he repetido durante cuatro años. Siempre con mi gran amigo Gabriel.
Volví al año siguiente a Bukina Faso, en Semana Santa otra vez.
Después fui también a Senegal durante dos años en las mismas fechas. No es lo mismo que en
Burkina, pero también tienen muchas necesidades y el clima no es tan hostil para nosotros, los que ya tenemos cierta edad. Una de las veces que fui a Senegal me llevé a mi hija, que nada tiene que ver con la profesión y pensé que igual no soportaría ayudar en las extracciones por la sangre, pero fue una sorpresa porque no aprendió a ayudar en las extracciones y avanzó tanto en el conocimiento de los fórceps y su aplicación que me quedé sorprendido.
A ella le sirvió un montón, porque estaba en esa edad de los 20 años y cuando llegó de
regreso me comentaba que éramos unos grandes afortunados y que era injusto que otra gente
tuviera tantas necesidades. Me confesó que no tenía derecho a quejarse de nada.
África está y estará siempre en mi corazón junto a mi gran amigo Gabriel a quien le mando desde aquí un fuerte abrazo.

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